Todo en la vida fluye, comenzando por los sucesos hasta llegar a la aclamada inspiración. Hay veces que siento que mi círculo está picado por la mitad, que he perdido el sentido de lo que es realmente estar. Que olvido caras, risas y momentos que por muchos años utilicé y fabriqué. Quiero retomar todo lo que creí perdido (de mí misma), quiero avanzar por satisfacción propia, no quiero caminar siendo otra más, que está… pero no es. Quiero ser y no quiero fingirlo (aunque fingir no es mi mayor manera, soy pésima para fingir) puedo fingir pequeñas cosas, las necesarias; las que te dan esa pequeña satisfacción de picardía y risas internas, las que horas después vas a comentar con tu mejor amiga y van a reír hasta llorar y no poder más. He estado en ambos lados del camino, pero en el centro, ¡ja!; ¿quién realmente ha estado en el centro del camino?, ¿cómo saber si todo lo que haces es lo correcto y el camino que tomas es el adecuado?... es más, ¿qué carajo es lo que todos llaman “correcto”? prefiero mil veces estar en alguno de esos lados de ese gran camino (que llamamos comúnmente vida) y escoger otros más para andar y no transitar solo uno, en su “centro” y en su “perfección”. Mirar hacia atrás es como caer al vacío, aunque siempre buscamos recuerdos y añoramos momentos; lo que hay frente a nuestras narices siempre ha sido más apetitoso y cegador. El resplandor de una nueva experiencia nos llama y nos pide que cursemos, que realmente no importa fallar en el intento; que la vida sigue y los caminos son innumerables. Ahí es cuando las caras que hemos olvidado, las risas y los momentos; se transforman en nuevas personas, nuevas emociones y nuevos sentimientos completando el círculo que creíste haber perdido (creí haber perdido, pero al terminar de redactar lo he vuelto a encontrar junto con mi inspiración). El círculo de la vida y las experiencias que nunca terminan.
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